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1er. premio II Certamen de Relato Corto

La Risquera   (Agosto 2005)

 

La Puerta de Alcalá

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Parque del Retiro

Lago del Parque del Retiro

Era un día cualquiera, uno de esos días que pasan sin pena ni gloria. Días en los que te levantas a la misma hora, te pones la misma ropa, comes la misma comida y haces las mismas cosas.

La calle de Alcalá rebosaba tráfico como todos los días laborables, en un frenético ir y venir de coches y peatones, que se apresuraban como si el mundo se fuese a acabar al día siguiente y tuviesen que dejarlo en orden.

Todo se movía de forma compulsiva. Paradas y acelerones en los semáforos, detenciones y carreras apresuradas en los pasos de cebra. Como el fluir de la sangre en las venas de un gigantesco cuerpo mecánico, que se moviese a impulsos de un corazón insensible a cualquier perturbación.

 Pedro miraba con aire ausente a través de la ventanilla del taxi. Tenía la impresión de estar mirando la pantalla de un televisor gigante, que siempre tenía el mismo programa con los mismos actores y los mismos decorados. Estaba casi seguro de ver siempre las mismas caras, los mismos edificios, los mismos colores y de oír los mismos sonidos todos los días, como si se tratara de un vídeo juego. La misma señora era la que empujaba todos los días el carro de la compra, el mismo anciano el que  paseaba al perro con la bolsita de los excrementos atada en la correa, el mismo taxista el que le llevaba diariamente a la oficina.

Todo parecía programado de antemano. Las paradas de los coches en los semáforos, las de los peatones en los pasos de cebra y las de los viandantes en los escaparates. La salida y el crepúsculo del Sol, la lluvia, el frío y el calor. También el paso de las estaciones: el frío y las nevadas en invierno, el nacimiento de las hojas en primavera, su caída en otoño, el vapor que salía del suelo en Agosto, los charcos de la lluvia,... todo se sucedía con una monotonía repetitiva e inexorable.

Cuando miraba a los demás se preguntaba si pensarían lo mismo que él, si sentirían la misma sensación de aislamiento, si dudarían de su propia existencia, pero al ver sus caras sin expresión estaba casi seguro de que él era el único que tenía pensamientos propios, el resto eran autómatas programados para no sentir, ni pensar, ni salirse de la monotonía preestablecida.

 La conversación del taxista, o más bien el monólogo, consistente en un sin fin de frases tan reiteradas como superfluas, alentaba su idea de acción pre-programada :

-          “¿Ha visto usted una sola calle que no esté en obras?”.

-          “Cualquiera diría que Ruiz-Gallardón es un arqueólogo frustrado”.

-          “¡Pero mira por donde vas, imbécil!”.

-           “Esto del tráfico no hay quien lo arregle”.

Pedro apenas le escuchaba sumido en sus lúgubres cavilaciones. El día había comenzado de una forma que no contribuía, más bien al contrario, a tranquilizar su desasosiego. Uno de esos días en que todo sale al revés y que en el que todas las decisiones parecen estar equivocadas. Acababa de salir de una reunión que se había anunciado como fundamental, pero que a él le había parecido absurda y sin sentido, y cuyas conclusiones no entendía ni le parecían razonables. Su propuesta de dar un cambio de estrategia para evitar el declive de la cuenta de resultados de la empresa había sido ridiculizada y le habían llovido las críticas de los asistentes, sin que su jefe hubiera movido un dedo en su defensa, a pesar de su aparente entusiasmo cuando le propuso la idea y de su solemne promesa de apoyo. Se sentía totalmente desalentado y se cuestionaba la necesidad de dejarse la piel por una empresa en la que era un número más.

Siempre se había esforzado en hacer lo que los demás esperaban de él. Trató de imaginarse cómo sería su vida si se atreviese a hacer lo que realmente quería. Qué pasaría si dejase la empresa e incluso la propia familia, para marcharse a algún lugar donde empezar una nueva vida, que no tuviese nada que ver con su insípida vida actual. Cualquier cosa distinta de los estudios de mercado, los análisis de negocio o los rutinarios informes que hacía una y otra vez. Dedicarse a pintar, su gran pasión tantas veces iniciada y abandonada nada más empezar. O ponerse de una vez por todas a escribir para dar rienda suelta a sus sentimientos. Tantas cosas que había querido hacer y siempre había encontrado una excusa para dejar para más adelante.

 Un brusco frenazo del taxi y unas palabrotas del taxista dirigidas a otro conductor le sacaron de su ensimismamiento. Miró de nuevo por la ventanilla y observó que estaban a la altura del Retiro. El parque aparecía como un oasis verde en medio del desierto gris de la gran ciudad. Un soplo de aire fresco en medio de la calima agobiante. Un remanso de paz en medio del crispante ruido del tráfico. Su visión le produjo una grata sensación de sosiego. Los árboles le parecían lo único vivo y real del mundo exterior. El verano estaba en todo su esplendor y el verde intenso de las hojas parecía atraerle como la luz de una farola atrae a una mariposa nocturna.

 Casi sin pensarlo ordenó al taxista que se detuviese. Se apeó del taxi para adentrarse en el parque dando un pequeño paseo, para ver si así podía poner un poco de orden en sus pensamientos. El aire olía a hierba recién cortada y una ligera brisa movía las ramas de los árboles produciendo un suave murmullo que parecía darle la bienvenida. Iba caminando lentamente como si no quisiera perturbar la tranquilidad que se respiraba en el aire. Miró hacia el cielo, de ese azul intenso que sólo se ve en los días sin contaminación, y sintió una sensación de tranquilidad y relajamiento que hacía tiempo no sentía.

 Se sentó en un banco a descansar y a disfrutar de la tranquilidad que dan los árboles en medio del bullicio de la gran ciudad. Cerró los ojos y dejó que la sensación de paz le invadiese. Pero el sosiego duró poco. De nuevo le asaltaron los pensamientos que le torturaban. La sensación de fracaso y de hastío. El ferviente deseo de dejar todo y marcharse. Estaba seguro que nadie le iba a echar en falta. La empresa encontraría alguien más joven y con más entusiasmo que haría su trabajo por la mitad de sueldo. Su familia seguramente que se sentiría aliviada al dejar de oír sus continuos reproches y salidas de tono. Pero una vez más una voz interior, no estaba claro si la voz de la sensatez o la voz de la cobardía, le volvía a repetir las razones, aparentemente sensatas y llenas de lógica, para no hacer nada y seguir como siempre. Familia, trabajo, responsabilidad, …esos conceptos tan altisonantes que te inculcan desde que naces y que se quedan sin sentido en los momentos de desaliento. Simples ligaduras invisibles que te atan a la rutina.

 Al cabo de unos minutos de batalla interior, minutos que a él le parecieron eternos, algo le sacó de su ensimismamiento. Se fijó que a los pies del banco donde se había sentado había un hormiguero, cuyas hormigas se afanaban en su monótona tarea, cual disciplinado y laborioso ejército. Se movían dibujando dos filas paralelas que caminaban en sentido contrario: una saliendo del hormiguero y otra volviendo a él, transportando trozos de hojas, miguitas de pan y diminutos palitos. Todas siguiendo el compás: un, dos, un dos. , con una perfecta sincronización de movimientos.

 De pronto una de ellas se salió de la fila y se puso a deambular por los alrededores sin sentido aparente, tan pronto se paraba observando con aire crítico a sus compañeras, como levantaba la cabeza hacia el cielo o la movía como si estuviera buscando algo. Se movía despreocupadamente como si el resto del hormiguero no le importase lo más mínimo.

Pedro la miró con curiosidad y entonces la hormiga levantó su diminuta cabeza y dirigió sus antenas hacia él con aire insolente y una expresión de burla, o al menos eso le pareció a él. De improviso, y  sin saber por qué, aplastó con el pie a la hormiga díscola, con una rabia sorda que casi era odio.

 Se quedó estupefacto por su violenta reacción. Se preguntó cien veces por qué lo había hecho, sin encontrar una respuesta razonable, o tal vez sin quererla encontrar. Pasados unos minutos sin saber qué hacer miró el reloj y salió apresuradamente del parque, sumergiéndose en el abigarrado ir y venir de la calle Alcalá.

 Julián Garcimartín

24/05/2005

 

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